Dieciocho bajas no son mala suerte: son un calendario que no funciona

Cuando un jugador se retira de un torneo, la palabra que casi siempre se usa es "mala suerte". Un mal paso, un músculo que cede, una lesión que llega en el peor momento. Pero cuando las bajas llegan a dieciocho, ocho mujeres y diez hombres, antes incluso de que se golpee la primera bola, dejamos de hablar de mala suerte. Estamos hablando de un sistema.
Wimbledon 2026 se abre con la lista de ausentes más larga de los últimos años. Y la tentación de despacharla como una coincidencia es fuerte, porque la coincidencia no obliga a nadie a cambiar. La tesis de este artículo es simple e incómoda: el paso de la tierra a la hierba, tal y como está construido hoy, rompe a los jugadores con una regularidad que ya no tiene nada de casual.
Tres semanas para cambiar de deporte
El problema no es la hierba. El problema es la velocidad con la que se llega a ella.
Roland Garros termina a principios de junio. Wimbledon empieza tres semanas después. En medio está el salto técnico más brusco del calendario tenístico: de la superficie más lenta, donde el pie resbala de forma controlada y los intercambios se alargan, a la más rápida, donde el movimiento lateral cambia de naturaleza y un apoyo equivocado se convierte en una caída. Quien conoce este deporte sabe que no se trata de ajustar algún detalle. Se trata, en la práctica, de cambiar de deporte durante unas semanas.
Tres semanas para reprogramar la musculatura, el juego de piernas, el timing. Para los terratenientes puros es casi una misión imposible, y los números lo dicen desde hace años: los resbalones, y las lesiones que provocan, vuelven puntuales en cada temporada de hierba. No es nada nuevo. Es la parte del calendario que todos saben que es frágil, y que nadie corrige.
Los nombres detrás de la estadística
Una lista de bajas corre el riesgo de quedarse en algo abstracto. Así que mirémosla de cerca, porque los casos cuentan mejor que cualquier teoría.
Tomas Machac se rindió después de que las pruebas mostraran que el desgarro en el pie sufrido precisamente en Roland Garros no había aguantado la perspectiva de la hierba. Lorenzo Musetti, ya obligado a saltarse París por un problema en el recto femoral, no se recuperó a tiempo. Victoria Mboko, número nueve del mundo, cerró antes de tiempo su temporada de hierba tras una caída y una lesión de rodilla en Queen's. Emma Raducanu convirtió una molestia que arrastraba desde hacía semanas en una fractura por estrés. Mattia Bellucci se detuvo por un percance en el entrenamiento. Y por encima de todos queda Carlos Alcaraz, alejado de las pistas desde abril por la muñeca.
Son historias distintas, con causas distintas. Pero la concentración temporal no es distinta: todas llegan en el cuello de botella entre la tierra y la hierba, el único momento del año en que el cuerpo debe reinventarse sin tregua. Cuando el mismo punto del calendario produce cada año el mismo tipo de víctimas, la explicación deja de ser individual.
La objeción, y por qué no basta
Hay un contraargumento legítimo, y es justo afrontarlo en lugar de ignorarlo. Las lesiones, se dirá, forman parte del deporte. El tenis es un deporte de impacto, los tobillos y las rodillas siempre pagan un precio, y un cierto número de bajas es inevitable en cualquier Grand Slam. Cierto. Nadie sostiene que un calendario perfecto eliminaría las lesiones.
Pero hay una diferencia entre el ruido de fondo y la señal. Una lesión aislada es ruido. Dieciocho bajas agrupadas en el mismo hueco, año tras año, son una señal. La temporada de hierba dura pocas semanas, las más cortas y las más densas, aplastadas entre dos meses de tierra y el verano americano sobre cemento. No es casualidad que sea también la más arriesgada. El sistema pide a los cuerpos pasar de la superficie más lenta a la más rápida en el tiempo mínimo, y luego se sorprende cuando los cuerpos ceden.
Lo que significa de verdad
El precio no lo paga solo el jugador que se detiene. Lo paga el torneo, que pierde a sus protagonistas antes incluso de empezar. Lo paga el espectador, que compra una entrada para ver a campeones que no saltarán a la pista. Lo paga la propia idea de Grand Slam como máxima expresión del deporte, vaciada cuando la mitad de los nombres esperados está en la grada con hielo.
Alargar la transición, repensar la densidad del calendario, dar a los jugadores el tiempo de cambiar de superficie sin romperse: son opciones posibles, no leyes de la naturaleza. La temporada de hierba es breve por tradición, pero la tradición no es una coartada para ignorar un problema que se repite con la puntualidad de un reloj.
Dieciocho bajas no son mala suerte. Son la factura, presentada puntual, de un calendario que seguimos fingiendo no ver.


