Dónde fue a parar el saque y volea, y por qué la hierba ya no lo protege

Durante casi un siglo, sobre la hierba de Wimbledon había una sola manera de ganar: sacar y correr a la red. Hoy, en una final masculina, ese gesto aparece en menos de un punto de cada veinte. No desapareció un jugador. Desapareció toda una gramática del juego. Y lo interesante no es que haya muerto, sino que la mataron tres culpables distintos, que actuaron casi sin darse cuenta el uno del otro.
Vale la pena reconstruir cómo sucedió, porque cuenta algo más grande que el tenis: cuenta qué ocurre cuando una superficie, una tecnología y una decisión comercial empujan todas en la misma dirección.
La hierba premiaba la prisa
El saque y volea nace de una propiedad física de la hierba. Sobre un césped rápido y seco la pelota se desliza, bota bajo, no sube hacia los hombros del restador sino que se queda cerca del pie. En esas condiciones restar bien es dificilísimo, y atacar la red justo después del saque es la elección más racional que existe: quien saca llega a mitad de pista mientras el rival sigue agachado recuperando una pelota a ras de suelo.
Durante décadas Wimbledon funcionó así. Era un torneo donde el punto duraba tres o cuatro golpes, donde la calidad del primer saque decidía casi todo, donde campeones como Pete Sampras, Stefan Edberg y Patrick Rafter encontraban el hábitat perfecto. La hierba no premiaba a quien jugaba mejor desde el fondo. Premiaba a quien jugaba más rápido.
Esa era la regla. Luego la regla cambió, y no por casualidad.
2001, el año en que el césped se ralentizó
En 2001 el All England Club rehízo las pistas. La vieja mezcla, 70% raigrás y 30% festuca roja, fue sustituida por un césped de raigrás perenne al 100%. La razón oficial era la robustez: una superficie más resistente al pisoteo y más manejable durante los quince días del torneo. Pero el efecto colateral fue enorme.
El raigrás crece en matas que se mantienen erguidas, y esas matas frenan la pelota cuando aterriza. El terreno de debajo, más seco y compacto, la hace botar más alto. Para quien vive de la red es el peor escenario posible: la pelota ya no se desliza más baja, sube. Y un bote alto da al restador todo el tiempo para cargar el golpe y colar un passing. 2001 fue lluvioso y ocultó el cambio; fue en 2002 cuando el nuevo carácter de la hierba se reveló del todo.
En el mismo periodo se trabajó también sobre las pelotas, hechas más pesadas y por tanto más lentas en el aire. Ninguna de estas intervenciones fue pensada para borrar el saque y volea. Pero servían a un objetivo preciso: alargar los intercambios, porque puntos más largos significan un espectáculo más legible en televisión y más valor comercial. Wimbledon nunca declaró que quisiera matar un arte. Solo quería puntos más largos. Los obtuvo.
La raqueta que hizo el resto
Si la hierba hubiera cambiado de cara por sí sola, quizá el saque y volea habría sobrevivido, debilitado pero vivo. Quien lo remató fue la raqueta, o mejor dicho las cuerdas.
En los años noventa se difunden las cuerdas de poliéster. Cambian el juego de forma silenciosa pero radical: permiten imprimir a la pelota una cantidad de rotación antes impensable, manteniendo el control incluso golpeando muy fuerte. El primero en mostrar su potencial a gran escala fue Gustavo Kuerten en Roland Garros de 1997. A partir de ahí la revolución fue imparable.
El poliéster tiene un efecto directo y letal precisamente sobre el golpe que el saque y volea más teme: el passing. Una pelota golpeada con violencia y mucho topspin baja rápidamente tras superar la red, pega en los pies de quien está subiendo, o pasa a su lado con ángulos que veinte años antes habrían sido imposibles. Quien ataca la red ya no afronta una respuesta que controlar, sino un proyectil que cae. Incluso un voleador excelente, contra ese tipo de pelota, pierde más puntos de los que gana.
En ese punto la matemática del juego se invirtió. Subir a la red se convirtió en un riesgo en lugar de una ventaja.
Tres causas, una sola dirección
Por eso hablar de un solo culpable es un error. La hierba más lenta, las pelotas más pesadas y las cuerdas de poliéster son tres fenómenos distintos, nacidos por razones diferentes, agronómicas, comerciales, tecnológicas. Pero empujaron todos en la misma dirección: ralentizar el juego y premiar a quien sabe restar y pegar desde el fondo, no a quien sabe cerrar en la red.
Los números cuentan la velocidad del declive. En Wimbledon, casa espiritual del saque y volea, se pasó de cerca del 60% de los puntos jugados así en el masculino a finales de los noventa a un puñado de puntos porcentuales hoy. En la final de 2001 entre Ivanisevic y Rafter, dos puristas de la red, se contaron más de doscientos puntos cerrados de esa manera. Es una época que sencillamente ya no existe.
No está del todo muerto. Roger Federer hizo de él un arma sorpresa, para usar en momentos escogidos, y ese modelo híbrido lo siguieron muchos. El saque y volea sigue siendo eficaz cuando es una variación, ya no cuando es un sistema. Dejó de ser una lengua para convertirse en una palabra, que pronunciar de vez en cuando.
Hay una lección, en todo esto, que va más allá del tenis. Un estilo de juego nunca es solo una elección del campeón. Es el resultado de qué premia la pista bajo sus pies, de qué tiene en la mano, de qué quiere vender quien organiza. Cambia uno de estos elementos y el estilo resiste. Cámbialos los tres juntos, aunque sea sin querer, y un arte entero desaparece. Sobre la hierba de Wimbledon no se agotó el coraje de subir a la red. Desapareció el motivo para hacerlo.


