El hombre que sigue volviendo

Hay carreras que se miden por los trofeos. La de Matteo Berrettini se mide por cuántas veces lo han dado por acabado, y cuántas veces ha vuelto igual que antes.
El miércoles por la noche, en la pista de Roland Garros, estaba a un set y medio de una semifinal de Slam que nunca había alcanzado. Entonces el cuerpo dijo basta. La cadera, esta vez. Perdiendo 5-7, 2-5 ante Matteo Arnaldi, se sentó y lloró. No era la derrota lo que le hacía llorar. Era el modo.
El cuerpo que cede
Berrettini empezó a sentir algo en el saque, ya en el primer set. Es el detalle más cruel del día: el saque es su arma, lo que lo llevó a la final de Wimbledon en 2021, el golpe alrededor del cual lo construyó todo. Y justamente ese gesto, repetido miles de veces, se convirtió en el punto desde el que el cuerpo empezó a desmoronarse. Cuanto más jugaba, más sacaba, más golpeaba de derecha, peor estaba. Un partido que se consume desde dentro, mientras fuera el marcador avanza como si nada pasara.
Quien sigue el tenis conoce esta escena. Ya la ha visto. Ese es el problema. Las lesiones de Berrettini no son un episodio, son una biografía. Él mismo ha contado que se hace daño "prácticamente desde que tenía doce años". Abdominales, oblicuos, manos, pies. Torneos perdidos, meses fuera, regresos, recaídas. Una carrera que nunca ha sido una línea recta, sino una serie de interrupciones separadas por regresos.
Y los regresos, en cierto momento, dejan de ser buenas noticias. Se convierten en una pregunta. ¿Cuántas veces más? Es la pregunta que le hacía el público, que le hacían los comentaristas. Y es difícil creer que no se la hiciera también él, a solas, en los meses sin tenis.
La voluntad que resiste
"Soy el último que quiere retirarse", dijo después. "Estoy hasta las narices. No quiero hacerlo, pero a veces hay que hacerlo." Y aún más: fue duro sobre todo porque ya lo he hecho muchas veces.
En esas frases está todo el paradoja de este atleta. La retirada, para la mayoría de los jugadores, es una rendición táctica: se protege el cuerpo, se piensa en el siguiente torneo. Para Berrettini es lo contrario de lo que es. Es un hombre construido para quedarse en la pista, para terminar los puntos, para imponer su juego con la fuerza. Levantarse e irse es el gesto que lo niega. Y tuvo que hacerlo de nuevo, ante otro italiano, a un paso del resultado más grande de su último lustro.
Y sin embargo la verdadera historia no es la retirada. Es que estuviera allí. Cinco años después de su última aparición en París, tras haberse perdido Slams enteros, tras haber pasado temporadas preguntándose si valía la pena, Berrettini estaba de nuevo en la segunda semana de un Major. En los cuartos de un Slam, donde no llegaba desde 2022. No llegó allí a pesar de las lesiones. Llegó habiéndolas atravesado, una tras otra, y habiendo decidido cada vez empezar de cero.
Este es el punto que la lágrima corre el riesgo de esconder. Llorar en esa pista no era la señal de un hombre vencido por su propio cuerpo. Era la señal de un hombre que a su propio cuerpo aún no ha dejado de pedirle todo, y que cada vez paga el precio de habérselo pedido.
Qué mide, de verdad, una carrera
El tenis es el deporte más solitario que existe, y también el más honesto. No hay compañeros que te cubran, no hay un banquillo en el que esconderte. Solo está el cuerpo, y lo que la cabeza consigue hacer con él. Por eso es una medida tan precisa: de cuánto vales, pero sobre todo de cuánto estás dispuesto a continuar.
En esta segunda medida, Berrettini tiene pocos iguales. Su carrera no cuenta la historia de un talento que se ha realizado por completo. Cuenta la de una voluntad que se ha negado a rendirse, incluso cuando rendirse habría sido razonable, incluso sabio. Hay quien, tras el tercer o cuarto parón largo, habría parado sin que nadie tuviera nada que objetar. Él no.
Dentro de unos años, quizá, no recordaremos el marcador de estos cuartos de final. Recordaremos en cambio lo más sencillo y más difícil que un atleta puede hacer: levantarse una vez más. Berrettini ya lo ha hecho más veces de las que cualquiera podría haberle pedido. Y la sensación, viéndolo salir de la pista entre lágrimas, no es que fuera el final. Es que, conociéndolo, ya estaba pensando en el próximo regreso.


