Noah tiene razón sobre Fils, pero se equivoca en el remedio

Desde hoy Yannick Noah se sienta en el banquillo del Team Europe en la Laver Cup, en la O2 Arena de Londres, con Tim Henman como asistente y Andre Agassi al otro lado de la pista. Hace unos días usó una entrevista en Eurosport, en "Retour Gagnant", para decir que el tenis francés se hace daño a sí mismo por la forma en que habla de sus jugadores. El diagnóstico es correcto. El remedio que propone no funciona.
El remedio, en sus palabras, es una cuestión de temperatura:
«Está bien ser entusiasta, de verdad... algo intermedio no estaría mal.»
Entusiasmo y crítica, dosificados. Pide a los periodistas y a las radios francesas que sean razonables. Pero la presión sobre Arthur Fils no nace del tono de quien escribe sobre él. Nace de una aritmética que en Francia nadie ha cambiado desde 1983, y Noah es su unidad de medida.
La anécdota que cuenta es peor de como la cuenta
Noah cuenta que oyó a una radio preguntarse, después de Cincinnati: «¿Va Arthur Fils a borrar a Yannick Noah?» Y añade la mejor frase de la entrevista: «Todavía no había jugado el primer partido y ya era campeón de Grand Slam.»
Lo que ocurrió después le da la razón a Noah en los hechos. Ocho días después del título de Cincinnati, ganado a Frances Tiafoe 6-3 1-6 6-0, Fils entró en pista en el US Open contra Stefanos Tsitsipas, ganó el primer set 6-4 y perdió los tres siguientes 6-7(3) 1-6 4-6. Primera ronda. El inflado había sido inútil y la cuenta llegó en un solo día.
El punto es la pregunta de la radio. No es una exageración para rellenar minutos: es el único rasero disponible. Entre "francés prometedor" y "Roland Garros 1983" en Francia no existe nada, porque en cuarenta y tres años nadie ha ocupado el espacio intermedio. Noah ganó en París en 1983 y sigue siendo el último francés en ganar un Grand Slam en individuales. Cuando un francés llega a undécimo del mundo, la única comparación que el país sabe hacer es esa, y pedir que no se haga es pedir que se ignore el único número que en Francia cuenta.
La generación Tsonga-Monfils-Gasquet no es la contraprueba, es la prueba
Noah menciona a sus sucesores para defenderlos: hace diez años, recuerda, en Francia se protestaba porque se tenía «"solo" Tsonga, "solo" Monfils, "solo" Gasquet».
Tiene razón en que fue ingrato. Jo-Wilfried Tsonga ganó 18 títulos y llegó a número 5 en febrero de 2012. Richard Gasquet ganó 16 y fue número 7 en julio de 2007. Gaël Monfils 13, número 6 en noviembre de 2016. Cuarenta y siete títulos entre los tres, tres hombres entre los siete primeros del mundo, y una sola final de Grand Slam, la de Tsonga en Melbourne en 2008. En casi todos los países del mundo esto es una década dorada.
En Francia se recuerda como un fracaso colectivo. Noah interpreta el fenómeno como falta de gratitud del público, y ahí se equivoca de sujeto. Aquella generación no fue subestimada por el tono de los periódicos: fue medida contra 1983 y juzgada insuficiente, y el veredicto se mantuvo. Ninguna moderación editorial habría cambiado el resultado, porque el rasero ya estaba ahí antes del artículo.
Lo que Fils realmente arriesga no tiene nada que ver con las radios
Se puede objetar que los profesionales gestionan la presión, y que la manera de silenciar a una radio es ganar. Cierto, e irrelevante, porque la frase decisiva de Noah es otra:
«Si consigue jugar sin problemas durante dos años, estará entre los cinco primeros.»
El condicional es todo el artículo. En 2025 un problema en la espalda obligó a Fils a retirarse del Roland Garros antes de la tercera ronda y le costó casi todo el resto de la temporada. En 2026 un problema en la cadera lo detuvo en Roma y le hizo perderse de nuevo París; volvió en Wimbledon. Tiene 22 años, el número 11 conquistado el 24 de agosto, cinco títulos incluido el Masters 1000 de Cincinnati, y como mejor resultado en un Grand Slam todavía los octavos de Wimbledon 2024. Entre él y los cinco primeros está su cadera, y ninguna dosis de entusiasmo la cura.
Noah conoce la diferencia, y en la misma entrevista la aplica: sobre la derrota 3-1 contra Canadá en Québec, que dejó a Francia fuera de las Final 8 de Bolonia, dijo
«Pero yo no veo ninguna catástrofe, es una competición que ya no es lo que era».
Y sobre el 2026 francés fue igual de seco:
«cuando sigues a nuestros jugadores y el martes ya se ha acabado, quedas como un tonto».
Sabe quitarle dramatismo cuando quiere. Lo hace con los torneos, no consigo mismo.
Su frase más útil es la que menos valora:
«Un campeón es otra cosa. Es una aventura personal. A los campeones no se los crea.»
Si los campeones no se fabrican, tampoco se administra el discurso que los rodea. Lo único sobre lo que se puede intervenir es la nota de referencia, y en eso Noah tiene más poder que cualquier periodista francés, porque la nota de referencia es él. Mientras el examen se llame Roland Garros 1983, todo francés entra en pista con un suspenso ya escrito junto a su nombre.
Fils tiene 22 años, es undécimo del mundo, y dos temporadas consecutivas interrumpidas por el cuerpo. Esto es lo que se sabe. El resto, radios incluidas, es cosa de Noah.


