Por qué Wimbledon se detiene a las 23 en punto

ApprofondimentoJul 75 min
Por qué Wimbledon se detiene a las 23 en punto

Tarde o temprano, cada verano, ocurre lo mismo. Un partido reñido entra en la noche londinense, el público está metido hasta el cuello, y poco antes de las once una voz por los altavoces anuncia que se para. No por lluvia, no por oscuridad: por el horario. A las 23 en punto Wimbledon apaga las luces, aunque en la pista se estén jugando los últimos juegos de una semifinal. Es una de las reglas más discutidas del torneo, y casi nadie sabe de dónde viene realmente. La respuesta no tiene nada de romántico. Tiene que ver con un techo, un ayuntamiento y un barrio que quiere dormir.

El techo que creó el problema

Durante gran parte de su historia, Wimbledon tuvo un amo absoluto: la luz del día. Sin iluminación estable y sin cubierta, el tenis terminaba cuando se ponía el sol o cuando llegaba la lluvia. Luego, en 2009, sobre la Pista Central apareció el techo retráctil, acompañado de los focos. Por primera vez el torneo podía jugar bajo cubierto y de noche, a resguardo del clima inglés.

Fue una revolución técnica, pero también el momento en que nació el problema. Una instalación capaz de iluminar la pista hasta bien entrada la noche es una instalación que, en teoría, ya no tiene un horario natural de cierre. Y aquí entra en escena quien debía autorizar ese techo.

Un pacto con el Merton Council

El All England Club se levanta en la zona de Wimbledon, dentro del London Borough of Merton. Construir una cubierta de esas dimensiones requería un permiso de obras, y el permiso no llegó gratis. El Merton Council lo concedió con una condición precisa, escrita negro sobre blanco como restricción urbanística: los partidos no pueden continuar más allá de las 23.

La lógica es sencilla y para nada deportiva. Wimbledon no es un estadio aislado en medio de la nada, sino un enorme evento internacional incrustado en un barrio residencial. Decenas de miles de personas que salen en plena noche significan ruido bajo las ventanas de quienes viven allí y una red de transporte puesta a prueba en las horas equivocadas. El metro de Londres, con las paradas de Southfields y Wimbledon que dan servicio al recinto, cierra en torno a la medianoche: vaciar las gradas demasiado tarde significaría dejar a miles de espectadores sin una forma cómoda y segura de volver a casa.

El propio club, en un comunicado de 2018, lo explicó con palabras medidas: el toque de queda es "una condición urbanística aplicada para equilibrar las necesidades de los residentes locales con la magnitud de un evento tenístico internacional que se celebra en una zona residencial". Ni tradición, ni ceremonia. Un compromiso entre quienes juegan y quienes viven alrededor.

Cuando el reloj decide el partido

La regla sería una nota a pie de página si de vez en cuando no se pusiera a decidir el destino de los partidos. La noche de 2018 la Central acogía la semifinal entre Novak Djokovic y Rafael Nadal, que empezó tarde porque antes había que despachar el maratón de seis horas y media entre Isner y Anderson. Djokovic iba por delante dos sets a uno cuando el tie-break del tercero terminó a las 23.02. Anuncio inmediato: suspendido. Los dos volvieron a la pista al día siguiente a la una de la tarde, y solo entonces Djokovic selló su pase a la final.

No fue un caso aislado. En 2021 el duelo entre Nick Kyrgios y Ugo Humbert se aplazó al día siguiente con 3-3 en el quinto y decisivo set, ganado luego por el australiano 9-7. En 2023 fue de nuevo Djokovic quien lo pagó, con sus octavos contra Hubert Hurkacz partidos en dos veladas. Cada vez, la misma escena: un jugador en ventaja obligado a esperar, y el ritmo de un partido borrado por un reloj mental que por la mañana ya no vuelve.

El caso extremo sigue siendo el de Andy Murray. En 2012, contra Marcos Baghdatis, el británico terminó a las 23.02: el final más tardío jamás registrado en el torneo. Se le permitió completar el último juego en lugar de suspender, y el líder del ayuntamiento comentó que "la flexibilidad y el sentido común han prevalecido". Dos años antes, Djokovic había rozado el límite venciendo a Olivier Rochus a las 22.58. Un margen de 120 segundos entre entrar en la historia de las estadísticas y volver a los vestuarios.

El precio de haber vencido a la lluvia

He aquí, pues, de dónde viene ese número, las 23, que cada julio pone patas arriba una parte del cuadro. No es un capricho de club exclusivo ni una regla de la etiqueta inglesa. Es la contrapartida de un trato: Wimbledon obtuvo el derecho a jugar bajo cubierto, a ignorar las nubes y a alargar las jornadas bajo los focos, y a cambio aceptó una frontera nítida a la noche.

El techo liberó al torneo del clima. El toque de queda lo devolvió al barrio. Las dos cosas nacieron juntas, en el mismo permiso de obras, y desde entonces conviven. La próxima vez que un partido se detenga con la victoria a un juego de distancia, no será culpa del juez de silla ni de la mala suerte. Será simplemente la firma de un viejo pacto que, a las 23 en punto, le pide al tenis que baje la voz.

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