Wawrinka y Monfils, la última vez en París

ApprofondimentoMay 158 min
Wawrinka y Monfils, la última vez en París

Una generación, cuando se despide, no lo hace nunca toda junta. Se despide un jugador a la vez, en meses distintos, con conferencias de prensa distintas, mientras el calendario sigue girando y nadie parece darse cuenta de verdad. Pero luego, cada tanto, llega una semana en la que el propio calendario hace el esfuerzo que nosotros no hacemos: toma dos nombres, los coloca uno al lado del otro y dice aquí están, miradlos ahora, antes de que ya no estén.

Stan Wawrinka y Gaël Monfils han recibido la wild card para Roland Garros 2026. Para ambos será, con toda probabilidad, el último Slam de casa. Ambos han anunciado que se retirarán al final de la temporada. La Federación francesa los ha invitado a París no por lo que aún pueden hacer en pista, sino por lo que han hecho en veinte años de carrera. Son dos regalos. Dos regalos muy distintos.

Wawrinka, el outsider que ha hecho daño a los más fuertes

Wawrinka tiene cuarenta y un años y una clasificación número 125. Ha ganado tres Slams: Melbourne 2014, París 2015, Nueva York 2016. Es uno de los pocos jugadores de la era moderna en haber ganado los tres derrotando, en la final, a un miembro de los Big Three. Nadal en Australia, Djokovic en París, Djokovic otra vez en Nueva York. También Federer salió derrotado de aquel revés a una mano, en los cuartos de Roland Garros 2015, en la que sigue siendo la más solemne de las heridas suizas que Wawrinka jamás infligió a su histórico compatriota.

Wawrinka nunca ha sido un fenómeno generacional. Nunca ha tenido el número uno al alcance, nunca ha ganado las ATP Finals, nunca ha ganado Wimbledon. Dejó de intentarlo cerca de los treinta, cuando el tenis de alto nivel ya debería empezar a despedirse de ti, y justo en ese momento hizo lo que nadie esperaba: empezó a ganar Slams.

Wawrinka ha sido una molestia. Una molestia histórica. Durante quince años los Big Three escribieron la historia del tenis masculino, y en esos quince años un señor suizo con revés a una mano y camiseta de cuadros se metió tres veces en las reuniones de familia y se sentó a la cabecera. Ganó cuando no debía. Pegó a la pelota como nadie le pegaba en 2015, derecha plana a doscientos por hora, revés descargado desde el centro de la pista, y aquel brazo derecho que parecía construido a propósito para esos tres momentos específicos de su vida.

Sobre París, en particular, Wawrinka ha dejado algo que perdura. La semifinal de 2015 contra Tsonga, ganada en cuatro sets ante un público que hasta ese momento había sido totalmente del francés. La final contra Djokovic ganada en cuatro, con aquellos pantalones de fantasía que dieron la vuelta al mundo, y con un Djokovic que, por única vez en su carrera, pareció rendirse de verdad a mitad del cuarto set. El Roland Garros de 2017, perdido en la final contra Nadal, pero jugado a un nivel que pocos zurdos han tenido que contener jamás sobre esa tierra. París ha sido, para Wawrinka, el lugar geográfico de su diferencia.

Ahora vuelve a París con la mano ya un poco más ligera. Ha dicho varias veces que seguir jugando, a su edad, es una decisión que se toma por la mañana, no a principio de temporada. La wild card de la Federación francesa suena como un gracias. Pero también es una constatación. Wawrinka no está en el cuadro porque sea el número 125 del mundo. Está en el cuadro porque París sabe lo que le debe a quien, una noche de junio de hace once años, le regaló una de las finales más extrañas y más suyas de siempre.

Monfils, el espectáculo como profesión

Monfils tiene treinta y nueve años y una clasificación número 222. Nunca ha ganado un Slam. No ha jugado nunca una final. Su biografía ATP, desde este punto de vista, es casi vergonzosa para alguien que ha sido número seis del mundo, que ha mantenido el top 20 durante buena parte de una década, que ha ganado trece torneos. Dos semifinales de Slam, París 2008 y Nueva York 2016. Un puñado de cuartos. Y luego una infinidad de partidos perdidos en maneras que solo él sabía perder.

Monfils es la prueba viviente de que el tenis no es solo clasificación. Si lo fuera, no nos acordaríamos de él. Nos acordaríamos de él como nos acordamos de Davydenko, de Robredo, de tantos honestos profesionales que han hecho carreras mejores que la suya y que no emocionan a nadie.

En cambio, de Monfils todos tienen un recuerdo. El deslizamiento al fondo de la pista con la derecha cogida a centímetros del cemento. El smash golpeado en salto cruzado como un jugador de voleibol. La derecha liftada cerrando con un Lasso que ni siquiera Sampras. Las restas tendidas en estirada. Los partidos en los que parecía jugar a otro deporte, más cercano a la gimnasia artística que al tenis, y desde ese otro deporte volvía luego al nuestro, normalmente perdiendo.

Durante años le hemos dicho que era un desperdicio. Que con ese físico, esa mano, esa cobertura de pista, debería haber hecho más. Le hemos acusado de no tomarse en serio, de carecer de hambre, de conformarse con el número 6. Se lo hemos dicho tantas veces que casi ya no parece justo seguir diciéndoselo ahora, al final.

Porque Monfils, en realidad, siempre nos ha dicho una cosa bastante clara: el tenis no es una máquina de producir Slams. Es un oficio que se puede ejercer también por el gusto de ejercerlo. Por el gusto de ver cómo reacciona el público cuando se juega una dejada con la raqueta girada. Por el gusto de perseguir una pelota que cualquier otro habría dejado pasar. Por el gusto, sencillamente, de mostrar que el cuerpo humano, al menos el suyo, consigue hacer cosas que el reglamento no prohíbe pero que la sensatez deportiva desaconseja.

París le está preparando, además de la wild card, una noche en la Philippe Chatrier, el 21 de mayo. Se llama Gaël & Friends. Vendrán jugadores y cantantes, será un evento benéfico y será sobre todo una manera de cerrar un círculo: el único Slam en el que Monfils, chico parisino, se ha sentido realmente en casa, desde que era junior hasta hoy.

Qué deja una generación

Wawrinka y Monfils han nacido con cerca de un año y medio de diferencia. Han girado por el mismo circuito durante casi veinte años. Han compartido vestuarios, trenes, conferencias de prensa conjuntas en la Copa Davis. Y sin embargo han hecho dos tenis casi opuestos.

Wawrinka es el que ha ganado pese a todo. Pese a la época, pese a la edad, pese al hecho de no haber sido nunca considerado de esa clase. Monfils es el que no ha ganado pese a todo. Pese al talento, pese a una época que, en la distancia, le concedía al menos una ventana, pese a un físico que a los veinte años hacía parecer fácil el tenis.

Han representado, dentro de la misma generación, dos ideas distintas de lo que significa jugar al tenis al máximo nivel. Una es la idea del resultado, conquistado incluso cuando ya no parecía posible. La otra es la idea de la presencia, del gesto, de la relación con quien mira. No son ideas en conflicto. Son dos caras de la misma cosa, porque sin la una la otra pierde sentido. Una época en la que todos jugaran como Wawrinka sería una época sin espectadores. Una época en la que todos jugaran como Monfils sería una época sin palmarés.

Una generación deja exactamente esto. No deja solo números, y no deja solo imágenes. Deja un equilibrio entre las dos cosas. Deja la manera en que las dos cosas, durante un cierto número de años, supieron convivir en pistas adyacentes, dentro de torneos contemporáneos, ante los mismos aficionados.

Ahora este equilibrio se está desplazando. Sinner juega un tenis que se parece mucho al Wawrinka de 2014, pero con el volumen del talento subido diez muescas y el error no forzado reducido al silencio. Alcaraz hace cosas que ni Monfils soñaba, pero las hace ganando Slams, uno detrás de otro. La nueva generación parece querer quedarse con todo: el resultado y el espectáculo, el rigor y la fiesta. Quizá lo consiga. Quizá no. Pero está intentándolo, y eso es lo que cada nueva generación intenta hacer siempre con la generación anterior: integrar sus piezas separadas en una sola figura.

A nosotros, mientras tanto, nos queda por hacer una sola cosa. Ir a París, aunque sea desde casa, aunque sea solo por televisión. Mirar a Wawrinka entrar en la pista para lo que probablemente será el último partido de Slam de su vida. Mirar a Monfils entrar en la pista sabiendo ya que hará reír a la Chatrier al menos una vez, aunque pierda. Y recordar, mientras aún estamos a tiempo, que los hemos tenido a la vez. Que el tenis masculino, durante veinte años, ha sido también estas dos cosas. Un señor suizo que pegaba a la pelota mejor que nadie durante tres semanas al año, y un chico francés que, en la tierra de casa, nos ha recordado cada vez que el deporte es también un lugar en el que uno se divierte.

Cuando se hayan ido, no los sustituirá nadie. No porque no vayan a llegar mejores jugadores. Sino porque ciertas maneras de estar en el tenis, sencillamente, no se transmiten. Se viven mientras existen, y luego se acaban ahí.