Amar a Monfils, o de una vida que no necesita Slams

Hay una manera de querer a un tenista que no pasa por los títulos. No pasa por los trofeos levantados, las semanas como número uno, las frases que se esculpen en los libros. Pasa, en cambio, por la manera en que una persona ocupa el espacio. Por la sonrisa cuando el punto ya está perdido. Por la pierna que se estira un metro más allá de lo razonable, sabiendo que no servirá.
Gaël Monfils ha anunciado que 2026 será su última temporada. En el umbral de los cuarenta, después de veintidós años en el circuito, trece títulos ATP, cero Slams, dos semifinales, un número seis como máximo histórico y una colección de derrotas memorables que pocos pueden igualar. Y sin embargo, cuando dijo que la vida es demasiado corta y que no tiene arrepentimientos, nadie tuvo ganas de objetar. Porque Monfils, desde siempre, nos ha obligado a una pregunta incómoda: ¿se puede ser amado en el deporte sin haber sido el mejor? Y si es así, ¿qué significa realmente?
El talento como destino fallido
Durante años la crítica tenística europea tuvo un pequeño culto privado dedicado al lamento por Gaël Monfils. Se le convocaba en las conversaciones como se convoca a los hermanos inteligentes que dejaron la universidad. "Con ese físico." "Con esa mano." "Con esa cobertura de pista." Frase a medio terminar, suspensión, mirada melancólica hacia un Roland Garros que nunca llegaría.
Era una pereza crítica, en el fondo. Era más fácil llamarlo "underachiever" que admitir una posibilidad más radical: que Monfils estaba jugando otro deporte al lado del nuestro. Un deporte donde el marcador era un marco y no el cuadro. Donde la slide a centímetros del cemento valía tanto como un break, y el rugido del Suzanne Lenglen valía tanto como una semifinal.
Lo hemos llamado showman como si fuera un atenuante. Como si sirviera para justificar, ante el veredicto inflexible de la clasificación, una carrera que de otro modo no se entendía. En realidad era lo contrario. Era el veredicto de la clasificación el que no lo entendía a él.
El cuerpo como lenguaje
Miren los videos. Todos tienen al menos uno en mente. El remate en salto de tijera como un voleibolista. Una de sus slides imposibles sobre el cemento, esas que hicieron llamar Sliderman a un hombre que jugaba al tenis. Una resta recuperada después de que la bola ya había pasado, porque su geografía de la pista no era la de los demás.
Monfils siempre se comunicó con el cuerpo antes que con la raqueta. Por eso lo llamamos acróbata. Pero acróbata, en el fondo, es una palabra reductora. El acróbata ejecuta un número. Monfils, en la pista, no ejecutaba: respondía. Respondía a una bola, a un sonido, a un público, a una luz. Era uno de los pocos tenistas que se movía como si el partido tuviera también otra dimensión, más allá de las dos líneas blancas.
El problema es que el tenis profesional, el que produce Slams, no premia esta dimensión. Premia la máquina. Premia a quien acorta el movimiento medio centímetro para ganar dos décimas. Premia a quien no se distrae nunca, nunca, nunca. Y Monfils se distraía siempre. Por suerte, dan ganas de decir hoy.
Elina, o de quien mira de verdad
Hay una escena, de estos días, que cuenta todo lo que había que entender. Roland Garros, víspera de su último Slam parisino. Monfils se emociona en rueda de prensa hablando de la carta que su esposa publicó en el Players' Tribune, "Your Dad, the Magician", escrita a su hija de tres años para contarle quién es su padre antes de que él deje de jugar. Una carta al futuro de Skaï, mientras él y Elina están ambos en París, ambos en el cuadro, marido y mujer, dos carreras paralelas, dos husos mentales completamente distintos.
Elina Svitolina lo mira desde siempre. Lo mira desde que se conocieron a finales de 2018, ella recién salida de la victoria en las WTA Finals, él respondiéndole en Instagram después de años en los que se habían cruzado en torneos sin hablarse de verdad. Lo mira en las victorias desproporcionadas respecto al ranking y en las derrotas absurdas contra desconocidos. Lo mira cuando renace a los treinta y ocho años ganando Auckland y convirtiéndose en el ganador más veterano de un título en la era ATP Tour. Lo mira cuando dice que quiere "muchos hijos y envejecer con salud".
Svitolina ha ganado más que él, en proporción: número tres del mundo, cuatro semifinales de Slam, un bronce olímpico en Tokio, unas WTA Finals. Podría haberse casado con un campeón. Podría haberse casado con un Slam. En cambio se casó con Gaël. Y aquí hay algo que vale la pena decir en voz baja, porque normalmente se dice mal: se casó con él no a pesar de que fuera Monfils, sino porque era Monfils. Por esa manera de estar en el tenis. Por esa distracción, esa generosidad, esa ausencia de regret.
Tienen una cuenta de Instagram en común que se llama GEMS, las iniciales de sus nombres unidas. Tienen una hija, Skaï, nacida en 2022. Han construido una vida donde el tenis es un oficio, no una identidad. Y quizá esta es la lección más subterránea de la carrera de Monfils: haber demostrado, en un deporte que exige lo absoluto, que también se puede no dárselo, lo absoluto. Que igual se puede ser amado. Que igual se puede ser feliz.
La pregunta que le atañe, pero atañe a todos
Cuando un atleta gana poco y es muy amado, normalmente los historiadores dicen que fue "icónico". Es una palabra cómoda, y deshonesta. Sirve para no responder a la pregunta verdadera. La pregunta verdadera es: ¿por qué quisimos tanto a este hombre que nos hizo perder tantas veces?
Quizá porque Monfils siempre nos respetó. No como fans, sino como espectadores. Nunca nos pidió que sufriéramos por él. Nunca nos vendió su sufrimiento como prueba de valor. Incluso cuando perdía, lo hacía aligerándonos, no cargándonos. Nos decía, con el gesto, que el tenis también podía ser esto: una tarde bien pasada juntos, él en la pista, nosotros en las gradas, y luego todos a cenar, vencedores o vencidos.
En una época en la que los atletas profesionales han aprendido a venderse como marcas, a empaquetar cada declaración, a medir cada emoción para las redes sociales, Monfils ha seguido siendo uno de los pocos que nunca se vendió. No tenía una marca. Tenía una vida. Y esa vida, por lo que parece, le bastaba.
Lo que dejamos ir cuando se va él
Dentro de doce meses ya no lo veremos. Ya no veremos la slide. Ya no veremos la raqueta girada en la dejada para hacer reír a la primera fila. Ya no veremos la bola recuperada que ningún otro habría siquiera intentado perseguir.
Veremos a Sinner, que lo gana todo y casi no sonríe. Veremos a Alcaraz, que gana casi todo y hace de buena gana el tweener, pero lo hace porque se lo pedimos nosotros, porque el tenis ahora ha aprendido que la acrobacia hay que monetizarla. Heredarán al público, pero no heredarán la otra manera de estar en la pista. Aquella donde el partido era un pretexto, y el verdadero match era el que se jugaba entre el jugador y su propia alegría de estar ahí.
Monfils acaba de perder en primera ronda de su último Roland Garros, contra un compatriota, Hugo Gaston. Fue como tenía que ser. Elina lo miraba desde las gradas, como siempre. Y nosotros los mirábamos a los dos, él jugando y ella mirando, entendiendo por fin lo que de verdad está en juego en ciertas parejas de deportistas: no un título que repartirse, sino una manera de estar juntos en el mundo.
Gaël Monfils nunca ha ganado un Slam. Ha ganado, sin embargo, lo que los Slams, por sí solos, no garantizan a nadie. Fue amado por como era, no por lo que ganaba. Es raro. Quizá, en el fondo, también es todo.


