Sinner es humano, y lo habíamos olvidado

ApprofondimentoMay 285 min
Sinner es humano, y lo habíamos olvidado

Los bookmakers lo daban hasta -350. Treinta victorias consecutivas a sus espaldas. Montecarlo, Madrid, Roma ganados uno tras otro sin que la muñeca le temblara nunca. Alcaraz fuera del cuadro. Roland Garros, el último Slam que le faltaba, parecía más una formalidad que un torneo. Luego, el jueves por la tarde, con más de treinta grados en París, Jannik Sinner dejó de funcionar.

Cerundolo, número 56 del mundo, no iba por delante de nada. Iba por delante porque al otro lado de la red había un cuerpo que ya no respondía. Calambres, vómitos, la cabeza sobre las rodillas, las manos buscando la silla. Sinner perdió 3-6, 2-6, 7-5, 6-1, 6-1, pero el marcador es la parte menos importante de la historia. La parte importante es lo que vimos. Y lo que no quisimos ver antes.

La narrativa de la invencibilidad

Hay algo profundamente extraño en la forma en que hemos contado a Sinner durante los últimos doce meses. Una máquina. Un cyborg. Alguien que no falla. Alguien para quien ganar es la condición natural, y perder una anomalía que hay que explicar. Construimos a su alrededor una mitología de la inevitabilidad, y los bookmakers la tradujeron en números: cuotas que en algunas casas llegaban a -350 describen un mercado convencido de que existía una sola dirección posible.

Pero esas cuotas son una mentira. Una mentira estadística vestida de certeza. Ningún tenista, ni siquiera Djokovic en sus mejores años, ha sido nunca realmente inmune al cuerpo que habita dentro de él. Y Sinner, que tiene veinticuatro años y un físico construido a base de kilómetros y repeticiones, no es una excepción. La narrativa de la invencibilidad es cómoda porque nos ahorra pensar. Si alguien gana siempre, no hace falta preguntarse a qué precio.

El jueves descubrimos el precio.

El calendario, el calor, el cuerpo

Montecarlo. Madrid. Roma. París. Cuatro torneos sobre tierra en cinco semanas, tres de ellos ganados, decenas de sets jugados al máximo de intensidad contra rivales que cada vez se volvían más desesperados ante la idea de enfrentarse precisamente a él. Sinner llegó a Roland Garros con el cansancio acumulado de quien no se permite ceder ni un solo quince, porque su identidad deportiva está construida sobre la idea de que ceder no es una opción.

Añade más de treinta grados y la humedad de París a finales de mayo, y obtienes lo que vimos. No un derrumbe mental. No un fallo técnico. Un sistema biológico que, tras semanas de sobrecarga, decidió que ya era suficiente.

La cuestión es que esto no es un accidente. Esto es el calendario. Esto es el tenis moderno, que exige a sus mejores intérpretes once meses al año de competición, que premia al que lo gana todo y castiga al que intenta descansar, que ha convertido a los top en obreros del rendimiento. Mensik, después de su quinto set, dijo que jugar con este calor es una locura. Tenía razón. Pero es una locura del sistema, no un caso meteorológico.

Y aquí hay que decir algo que se dice poco: la responsabilidad no es solo del jugador. También es de la industria que lo programa como un producto que hay que exprimir. La pregunta no es por qué Sinner se derrumbó en París. La pregunta es por qué nos pareció raro.

La humanidad como noticia

Hay una frase que circula en las últimas horas, en redes, en los comentarios: "Así que también Sinner es humano." Lo dicen con una mezcla de sorpresa, lástima y, en algunos casos, una sutil satisfacción. Como si haber visto a un tenista derrumbarse por el calor fuera una revelación. Como si la humanidad fuera la excepción y la invencibilidad la regla.

Es lo contrario.

Sinner ha sido siempre humano. Lo era en Melbourne cuando ganó el primer Slam con la voz temblando en las entrevistas. Lo era en Turín cuando sonreía ante su propio dominio. Lo era en las semanas en que se defendió de acusaciones que habrían doblegado a cualquiera. La diferencia es que nosotros, ante un atleta que lo gana todo, necesitamos creer que gana por algo que no es humano. Talento divino. Disciplina alienígena. Una forma de perfección que nos exime de pensar en lo que cuesta estar ahí.

El jueves se vio el precio. Un chico sentado en un banquillo, en un día que habría sido pesado incluso para un turista, con el cuerpo diciéndole que no. No hay nada chocante en esa imagen. Solo está la verdad que habíamos evitado durante demasiado tiempo.

La derrota como restitución

A veces una derrota le devuelve a un atleta algo que las victorias le habían quitado. La posibilidad de ser visto por lo que es, no por lo que esperábamos de él. Sinner saldrá de París con una ocasión perdida, claro. Pero también con algo más útil: una confirmación, ante sí mismo y ante nosotros, de que el cuerpo no es negociable. Que el calendario hay que elegirlo, no padecerlo. Que ganarlo todo no es el plan, es una consecuencia eventual de decisiones que hay que tomar antes.

Los bookmakers ya han actualizado las cuotas. Zverev favorito, Djokovic de nuevo en la conversación por el vigesimoquinto Slam. El torneo continúa, como siempre. Pero a nosotros nos queda algo más interesante que las cuotas: la posibilidad de mirar a Sinner por lo que es, no por lo que el mito nos contaba. Un jugador extraordinario. Un cuerpo que tiene límites. Un chico de veinticuatro años que en cierto momento, bajo el sol de París, entendió antes que nosotros que no se puede ganar siempre.

Y está bien que sea así. Al contrario: quizá sea lo más sano que el tenis nos ha contado en estos meses.