Berrettini no es solo césped: pero tiene que demostrarlo

ApprofondimentoJul 55 min
Berrettini no es solo césped: pero tiene que demostrarlo

Cada verano vuelve la misma historia, y cada verano se cuenta mal. Matteo Berrettini juega un buen Wimbledon, se despide con la cabeza alta, muestra el tenis que lo había llevado a la final de 2021. Y enseguida arranca el estribillo: aquí está el talento que vive tres semanas al año, el campeón de la hierba, el hombre de una sola superficie. Es una lectura cómoda. También es equivocada, o al menos lo es a medias. La verdad es menos romántica y más incómoda: a Berrettini no lo limita la hierba, la hierba lo protege. Son las demás superficies las que cuentan quién es de verdad, y ese relato depende de él, no del calendario.

Lo que esconde la hierba

Partamos de lo que la hierba le hace a un jugador como él. Premia el saque, que es su mejor arma. Baja el bote, lo que significa golpear la pelota más abajo y quitarle tiempo al rival antes de que la derecha se convierta en un problema de gestión. Acorta los intercambios y, por tanto, reduce el número de veces que el revés queda sometido a presión repetida. Vuelve menos decisivo el desplazamiento lateral prolongado, justo donde su físico paga más caro.

En otras palabras, la hierba no saca a relucir un talento oculto. Esconde los límites que en las demás superficies quedan al descubierto. Quien dice "en hierba Berrettini es otro jugador" tiene razón, pero saca la conclusión opuesta a la correcta. No es que la hierba lo mejore. Es que la hierba lo cubre.

Esto cambia la pregunta. No "¿logrará rendir en otro lado como en hierba?", que es una ilusión, porque nadie replica en cemento o en tierra la ventaja estructural que la hierba le regala a su tenis. La pregunta verdadera es: cuánto de su nivel de Wimbledon es transferible, y qué hace falta para transferirlo.

La prueba de que no es un jugador de una sola superficie

Quien archiva a Berrettini como especialista de la hierba olvida trozos de currículum bastante voluminosos. La semifinal en el US Open, sobre cemento, donde las condiciones rápidas premian el mismo saque pero con un bote más alto y un intercambio más largo. Los resultados en pista rápida indoor, donde ha batido a rivales de primer nivel. Y también la tierra, superficie que debería ser su pesadilla teórica, le ha dado más de lo que recuerda la narrativa: cuartos en Roland Garros, títulos y finales sobre el polvo de ladrillo cuando el físico lo acompañó.

El hilo conductor no es la superficie. Es la salud. Berrettini no perdió partidos porque la pista fuera equivocada, los perdió porque el cuerpo lo dejó tirado en los años equivocados. Las lesiones le quitaron continuidad justo en la franja de edad en la que un jugador consolida su tenis fuera de la zona de confort. Es esto lo que comprimió su identidad dentro de un solo mes del año, no un límite técnico congénito.

El problema real, y no es la hierba

Dicho esto, no cometamos el error contrario, el del aficionado que solo ve el potencial. Berrettini tiene dos nudos reales que en las superficies lentas salen a la luz.

El primero es el revés. Es un golpe que aguanta, no que manda. En hierba casi nunca tiene que mandar con él, porque el punto termina antes. En tierra y en cemento lento, donde el intercambio se alarga y el rival tiene tiempo de atacarlo con insistencia por ese lado, el revés se convierte en la grieta por la que se cuela cualquiera con un plan de partido decente. Mientras siga siendo un golpe defensivo, el techo en estas superficies es ese.

El segundo es la movilidad en las recuperaciones largas. Un físico de velocista es una bendición al saque y un impuesto en los intercambios de desgaste. En hierba el impuesto no se paga. En tierra se paga entero, set tras set.

Ninguno de los dos nudos es una condena. Son problemas de trabajo, no de naturaleza. Pero hay que llamarlos por su nombre, porque es ahí, y no en el tipo de césped, donde se decide la segunda parte de su carrera.

La verdad incómoda

Aquí está entonces la tesis, sin rebajas. Berrettini seguirá siendo un jugador de hierba solo si elige serlo, es decir, si acepta la idea de que su tenis está bien como está y de que el resto de la temporada es una larga aproximación al mes que cuenta. Si en cambio trata la hierba por lo que es, la superficie que le permite ganar sin corregir nada, entonces todavía tiene margen para ser otra cosa. No para replicar Wimbledon en todas partes, eso no ocurrirá. Pero para ser una amenaza constante incluso donde la pista no lo ayuda.

La diferencia entre las dos versiones no pasa por el talento, que está, ni por la superficie, que es solo un contexto. Pasa por dos cosas: la resistencia física, que a estas alturas de su carrera es más una cuestión de gestión que de entrenamiento, y el coraje de trabajar en los golpes que la hierba le permite ignorar.

Salir bien de Wimbledon, por tanto, no es la respuesta. Es la pregunta planteada de nuevo. La buena noticia es que, por una vez, la respuesta no depende de la superficie. Depende de él.