Zverev y el abrazo con su padre: un Slam que vale una vida

ApprofondimentoJun 105 min
Zverev y el abrazo con su padre: un Slam que vale una vida Roland Garros

Cuando ganó el punto que lo convirtió en campeón de un Grand Slam, Alexander Zverev no miró al cielo. No se tiró al suelo. Buscó un punto preciso en las gradas del Philippe-Chatrier, saltó la valla y trepó hacia un hombre mayor con el mismo apellido y la misma frente despejada. Allí terminó un partido. Pero terminó también otro, comenzado mucho antes, en otro idioma, en otro país.

Ese hombre también se llama Alexander Zverev. Lo llaman Sascha padre, para distinguirlo del hijo. Ha sido su único verdadero entrenador desde que el niño tenía cinco años. Y durante veintinueve años esperó a ver si el proyecto de toda una vida tendría finalmente un desenlace.

Un apellido llegado desde lejos

Para entender ese abrazo hay que volver a Sochi, a una Unión Soviética que ya no existe. Alexander Zverev padre era el mejor tenista de su país, número 175 del mundo, un jugador lento y reflexivo en una época que premiaba otra cosa. Irina, la esposa, era la cuarta tenista soviética. Dos talentos reales y sin embargo comprimidos, detenidos a mitad de camino por el sistema en el que habían nacido, por las fronteras, por los visados, por la geografía.

Cuando la Unión Soviética se derrumba, los dos se mudan a Hamburgo. No para jugar: para enseñar. Se convierten en dos maestros de tenis en una ciudad del norte que no los esperaba. Es en esa Alemania prestada donde en 1997 nace el segundo hijo. Mischa, el primero, ya era el proyecto del padre. El segundo crecerá entre una madre que le construye el revés —el revés de Sascha es enteramente obra suya, él siempre lo ha admitido— y un padre que le transmite el resto: la estructura, la disciplina, esa manera soviética de entrenar a base de repeticiones cronometradas, números fijos, ningún atajo.

Hay una simetría que no se puede ignorar. Un hombre al que el tenis había rozado sin poder atraparlo construye, con sus propias manos, dos hijos que lo atrapen en su lugar. No es una revancha. Es algo más sobrio y más duro: es un oficio que pasa de padre a hijo como se transmite un negocio familiar.

La tentación de marcharse

Crecer significa también dudar de quien te ha hecho crecer. Zverev, ya mayor, probó otros caminos. Llamó a Ivan Lendl, trabajó con David Ferrer, con Sergi Bruguera. Nombres que pesan, hombres que habían ganado Grand Slams o casi, y que parecían poder aportar ese grado de sabiduría que a un padre maestro de tenis en Hamburgo, quizás, le faltaba.

Cada vez volvió. Sin estruendo, sin rupturas públicas. Simplemente, al final de la temporada, a su lado estaba de nuevo su padre. Durante años esto se leyó como un límite: la señal de un jugador que no sabía cortar el cordón, demasiado ligado a la familia para dar el salto. La narrativa estaba lista. Zverev perdía las finales que contaban —París 2024 por encima de todas— y cada derrota parecía confirmar la idea de que, con su padre en el banquillo, nunca bastaría.

Había algo de verdad, y al mismo tiempo un error de lectura. Volver no era debilidad. Era una elección repetida conscientemente, año tras año, contra el sentido común del circuito. Zverev sabía algo que a los demás les costaba ver: nadie conocía su tenis como el hombre que lo había inventado.

Lo que no se ve desde el banquillo

El día de la final contra Cobolli, la madre no estaba en el estadio. Demasiada tensión. Es un detalle que cuenta más que mil entrevistas: en esta familia el tenis no es un espectáculo, es un asunto privado que duele. Quien construyó al jugador ni siquiera es capaz de mirarlo en el momento en que todo se decide.

En la pista se vio al Zverev de siempre, el que conocemos de memoria. Las piernas que se agarrotan, el saque que empieza a temblar, la mirada que busca un asidero. Solo que esta vez, al otro lado de la red, no estaban Sinner ni Alcaraz, estaba Cobolli, y ese margen bastó. No fue una victoria perfecta. Fue una victoria suficiente, conseguida por un hombre que por una vez no se vino abajo justo antes de la meta.

Luego ese gesto. No el grito hacia el propio palco, ritual ya vacío de tantos campeones. Una escalada real, física, hacia un padre. Y en la mirada de ese hombre mayor había treinta años de un oficio que hasta esa tarde aún no había producido su prueba definitiva. Un entrenador vale también por los trofeos de sus jugadores. Durante veintinueve años a ese hombre le había faltado el trofeo más grande.

No sabemos qué se dijeron. Probablemente nada que valga la pena repetir. Las cosas importantes, entre un padre y un hijo que trabajan juntos desde hace toda una vida, rara vez se dicen en voz alta.

Queda la imagen. Un jugador que, en el momento más alto de su carrera, no pensó en sí mismo sino que fue a buscar al hombre que lo había imaginado antes incluso de que supiera sostener una raqueta. Quizás ese sea el sentido de ciertas victorias: nunca tienen que ver con una sola persona. Aquella tarde en París no ganó Alexander Zverev. Ganaron dos, con el mismo nombre, separados por una generación y por el derrumbe de un imperio, finalmente en el mismo punto de la pista.