La ventana que se cierra

ApprofondimentoMay 306 min
Novak Djokovic Roland Garros

Había una puerta entreabierta, en París. Sinner fuera en segunda ronda, derrumbado por los calambres mientras lideraba 6-3 6-2 5-1 contra Cerundolo. Alcaraz ni siquiera llegó, frenado por la tendinitis en la muñeca. Nunca más, quizás, un Roland Garros tan despoblado delante de Novak Djokovic. La ventana del vigesimoquinto Slam estaba abierta de par en par, perfecta, allí para atravesarla. Él la miró. Se acercó. Después se sentó, bebió un sorbo de agua, y no entró.

Joao Fonseca tiene diecinueve años, es brasileño, es la cabeza de serie número veintiocho. Es el primer adolescente que vence a Djokovic en un Slam, en veintidós años de carrera del serbio. 4-6 4-6 6-3 7-5 7-5. Cinco horas de tenis en las que Novak ganó los dos primeros sets y después, lentamente, dejó de ser Novak. Es solo la segunda vez en su carrera que pierde tras remontar dos sets de ventaja. Difícil decir que sea una casualidad. Más fácil decir que es el fin, y que el fin, al contrario de lo que nos contábamos, no llega con un adiós en rueda de prensa. Llega un viernes por la tarde, contra un chico que hace cinco años todavía jugaba torneos juveniles.

La oportunidad que no vuelve

Nos contamos desde hace años una mentira reconfortante: que los grandes pueden ganar para siempre, basta con esperar las condiciones adecuadas. El cuadro favorable. El rival equivocado que cae en la ronda anterior. La alineación de los planetas. Federer durante años nos entrenó en esta ilusión, ganando Wimbledon 2017 con casi treinta y seis. Nadal nos lo confirmó, llevándose el Roland Garros 2022 con un pie medio muerto. Djokovic llevó el dogma al extremo: ganó el Australian Open 2023 con treinta y cinco, puso en la vitrina el Slam olímpico con treinta y siete. Aprendimos a creer que bastaba con esperar.

Pero las ventanas no se abren dos veces. Y la de París, este año, estaba abierta de par en par como nunca antes. El número uno y el número dos del mundo fuera en tres días. Un cuadro en el que Djokovic, ganando, habría llegado a una final contra un rival que ya nadie habría llamado heredero de nadie. Era el regalo. Era exactamente el regalo que le pedimos al universo cuando queremos defender la idea de que los viejos campeones todavía pueden.

Y él no la atravesó.

No porque no lo intentara. Al contrario. Ganó los dos primeros sets jugando el mejor tenis que se le había visto en meses. Servicio firme, pelota profunda, el drive largo por la línea que volvía a entrar. Durante dos sets fue el Djokovic de siempre, el que hace sentir pequeños a los chicos en tercera ronda. Después algo se quebró. No el brazo. No la pierna. Otra cosa. Quizás la idea de tener que hacerlo otra vez, de tener que hacerlo durante otras tres horas, de tener que hacerlo durante otras dos semanas, de tener que hacerlo contra rivales que a los veinte años tienen la piel que no duele.

El declive lento y el momento

Existe una diferencia, en el deporte, entre el declive y el final. El declive es una estadística. El final es una escena.

El declive de Djokovic dura desde hace al menos dos años. Se mide en los números: el rendimiento en los sets decisivos, el porcentaje al servicio después de las cuatro horas, los juegos de break bajo presión. Son curvas que bajan despacio, legibles solo si las miras bien. Desde fuera, todavía parecía él. La camiseta blanca, el ritual de la toalla, el dedo extendido al público tras el punto ganado. Para quien no quería ver, todavía era el número veinticuatro Slams esperando el veinticinco.

El final, en cambio, es una escena precisa. Es el quinto set contra Fonseca. Es el break encajado en los juegos decisivos, después de haber llamado al fisioterapeuta. Es el drive a la red en una pelota que hace diez años habría sido un winner sin pensarlo. Es la sonrisa amarga consigo mismo antes del siguiente saque, como si también él, en ese momento, hubiera entendido.

Hay jugadores que salen del tenis con un anuncio. Federer tuvo la Laver Cup, las lágrimas con Rafa al lado. Nadal tuvo una última Davis, una última ceremonia. Djokovic, que siempre ha hecho las cosas de manera distinta a los demás, parece destinado a salir así: sin un adiós, pero con una serie de tardes en las que alguien más joven le recuerda, punto a punto, que las ventanas se cierran.

La incapacidad de aceptar

El problema, en el fondo, no es suyo. Es nuestro.

El público deportivo es una máquina enferma de optimismo. Quiere creer que los mitos no envejecen. Quiere que Maradona juegue otro Mundial, que Federer pise la cancha una vez más, que Djokovic gane el veinticinco. Cuando un campeón pierde contra alguien más joven, lo tratamos como una excepción: estaba cansado, estaba lesionado, era un mal día. Cuando vuelve a perder, hablamos de bajón momentáneo. Cuando pierde tres veces seguidas, encontramos un complot entre los jueces de silla o un problema con el fisioterapeuta.

Lo que no queremos decir es lo más sencillo. Que tiene treinta y nueve años. Que los rivales menores de veinticinco son una decena. Que el cuerpo, incluso el cuerpo más disciplinado de la historia de este deporte, tarde o temprano pasa factura. Y que la factura se paga siempre cuando no te lo esperas, nunca cuando estarías listo para saldarla.

Fonseca, después del partido, dijo lo correcto. Dijo que jugar contra Djokovic había sido el sueño de una vida, y que ganar no lo hacía menos sueño. Es un chico bien educado. Pero esa frase, vista desde cuarenta grados de distancia, cuenta también otra cosa: para Fonseca, Djokovic ya era un recuerdo del futuro. Ya era el jugador del que les contarás a tus hijos. Para nosotros, aquella tarde, se convirtió en lo mismo.

Lo que nos queda

Djokovic volverá a jugar. Probablemente ganará más torneos. Quizás incluso un Masters 1000, si el sorteo le es clemente y el gemelo aguanta. Volverá a Wimbledon donde sus matemáticas todavía funcionan, y a Nueva York donde el público, por más hostil que sea, siempre le ha dado dignidad de revancha. Quizás llegue todavía a alguna final Slam. Quizás no. La cuestión es que el vigesimoquinto, el que debía consagrar su superioridad eterna sobre Federer y Nadal, ayer dejó silenciosamente de ser probable.

No hubo un derrumbe. No hubo un adiós. No hubo ni siquiera un gran titular que escribir al día siguiente: cinco horas de tenis, una remontada de un adolescente, y todos a casa. El torneo continúa, otro levantará la copa, y en los resúmenes de fin de temporada este partido será una línea abajo, después de los resultados que cuentan de verdad.

Pero lo que pasó en París, en aquel viernes que parecía perfecto para él, era otra cosa. Era una puerta que se cerraba. No con el estruendo de una puerta de golpe, sino con ese ruido casi imperceptible que hacen las puertas cuando las empujas despacio y el pestillo encaja solo.

Las leyendas acaban así. No como nos las imaginábamos. Nunca como nos las imaginábamos. Acaban un viernes por la tarde de mayo, contra un chico que siempre las ha amado, en un torneo que era suyo y que desde hoy es de otro.

Y nosotros, en las gradas, no estábamos preparados. No lo estamos nunca.