Llamadlo espectáculo, no Slam

ApprofondimentoJul 55 min
Llamadlo espectáculo, no Slam

Hay una forma sencilla de saber si una reforma es honesta: mirar lo que intenta esconder. El nuevo dobles mixto del US Open no esconde que quiere hacer caja, no esconde que quiere a las estrellas del individual, no esconde que quiere llenar el Arthur Ashe pocos días antes de que empiece el torneo de verdad. Esconde una sola cosa, y la esconde bajo una palabra: Slam.

En agosto de 2025 el US Open redujo el dobles mixto a dieciséis parejas, casi todas formadas por jugadores de individual, y lo trasladó a la semana previa al cuadro principal. Sets acortados — cuatro juegos en las rondas, seis solo en la final — punto de oro en el iguales, super tie-break en lugar del tercer set. Un torneo que dura dos tardes. Premio para los ganadores: un millón de dólares, frente a los cerca de doscientos mil repartidos por los campeones del año anterior. Y encima de todo, intacto, el título: campeones Slam de dobles mixto.

Ahí está el problema. No en el formato.

El formato no es el pecado

Digámoslo sin rodeos: la reforma, como espectáculo, funciona. Público de récord, pistas llenas, Świątek y Ruud en la final, parejas inéditas de estrellas dejándose fotografiar en la red. El dobles, el de verdad, casi nadie lo ve en televisión desde hace veinte años, y los torneos lo saben. Tomar una disciplina que agoniza en los márgenes y convertirla en un evento que la gente quiere ver no es una traición. Es competencia.

Andrea Vavassori, que también protestó, propuso ampliar a treinta y dos parejas y añadir una ronda. Es la reacción de quien ha entendido que el barco zarpa de todos modos, y pide al menos un sitio a bordo. Tiene razón él, no quienes querrían atrasar las agujas del reloj.

Los sets cortos y el punto de oro no matan el tenis. El tenis ya los usa por todas partes, desde las Finals de dobles hasta los tie-breaks decisivos de los Slam. Quien se rasga las vestiduras por el super tie-break debería recordar que es la propia federación la que lo impuso en el dobles hace años. La forma es negociable. Siempre lo ha sido.

El pecado es la palabra

El problema es que el US Open quiere dos cosas que no van juntas. Quiere la audiencia del espectáculo y quiere el prestigio del trofeo. Quiere que el evento sea ligero como una exhibición cuando tiene que vender entradas, y pesado como un Major cuando tiene que grabar una línea en el palmarés.

No se puede. Un título del Slam es una promesa: que quien lo gana ha batido a lo mejor del mundo en esa disciplina, a la distancia completa. Si quitas del cuadro a los especialistas, acortas la distancia y restas la mitad del significado competitivo, ese título ya no certifica lo que dice certificar. Se convierte en una etiqueta de prestigio pegada sobre un producto distinto. Es marketing disfrazado de historia.

Sara Errani lo dijo de la manera más concreta posible: este año se les ha quitado el trabajo a los doblistas. No es nostalgia, es un hecho contractual. Decenas de jugadores construyen una carrera entera sobre el dobles de los Slam, y de un solo golpe esa puerta se ha cerrado. No porque no fueran lo bastante buenos, sino porque no eran lo bastante famosos.

La prueba del millón

Aquí llega la objeción más fuerte, y hay que mirarla a la cara. Si el formato es tan indefendible, ¿por qué lo ganaron precisamente Errani y Vavassori, los doblistas que protestaban, y por qué se llevaron a casa un millón de dólares? ¿No es la demostración de que el sistema, al final, premia igualmente a los mejores?

Es la demostración de lo contrario. Que dos especialistas hayan batido a las estrellas del individual en su propio juego cuenta exactamente lo fuera de sitio que estaban esas estrellas, y hasta qué punto el dobles sigue siendo un oficio que no se improvisa en dos tardes. Y el millón no absuelve a la reforma: la incrimina. Esa cifra existe solo porque se decidió que este evento vale un millón, y vale un millón porque están las estrellas. Es la prueba de que lo que está en juego lo creó el show, no el deporte. Los campeones ganaron y protestaron con la misma boca, y tenían razón dos veces.

Una salida honesta

La solución es casi banal. Quedaos con el formato. Quedaos con las estrellas, la semana de los aficionados, el millón, el público. Haced el mejor espectáculo que sepáis hacer. Pero llamadlo por su nombre: una exhibición rica, espectacular, de apertura. No un título del Grand Slam.

El dobles mixto de verdad, con sus especialistas y su distancia completa, puede convivir al lado, quizá lejos de las cámaras, como por lo demás ha sido siempre. Pierde en audiencia, gana en verdad.

Un deporte puede cambiarlo todo: las reglas, las puntuaciones, los protagonistas, el calendario. Una sola cosa no puede permitirse malvender, y es el significado de sus propias palabras. El día en que "campeón Slam" quiera decir solo "hemos organizado un buen evento", no será el dobles el que habrá perdido. Será el Slam.